Hace unos días acudíamos a uno de esos acontecimientos que hacen que el año nuevo empiece fuerte. Partidarios de Donald Trump, arengados por los mensajes emitidos durante sus discursos políticos y en mensajes de Twitter, irrumpían abruptamente en el Capitolio. Sin embargo, el asalto no se producía únicamente en el plano físico. Virtualmente, las redes sociales servían de vehículo de convocatoria, a la vez que permitían que diferentes opiniones se expresasen y se produjesen llamadas a la acción. También por parte del presidente, que no pararía de recibir bloqueos de contenido debido a mensajes con información de dudosa veracidad. Nada nuevo hasta aquí. Sin embargo, tras los acontecimientos, la cuenta personal de Donald Trump resultaría bloqueada en ciertas redes sociales. Entre ellas, Twitter. La red que ha utilizado, en tantas ocasiones, para tomar partido en acciones de gobierno, popularizando una suerte de “democracia tuiteada”.

Game over.

A lo largo de estos días, he visto algunas opiniones y debates muy interesantes sobre qué ha ocurrido realmente aquí. Algunas favorables a su bloqueo. Otras, cuestionando la legitimidad del mismo. Mi intención con esta entrada es refrescar la memoria sobre cómo hemos llegado hasta aquí. Porque creo que tiene que ver, y mucho, con la forma en que funciona internet, y con una falsa comprensión de que la red es el paraíso de la libertad, donde todo vale y todo puede ser dicho.

El proceloso mundo de las “normas” de la comunidad

Quiero contaros una anécdota. Cuando era más pequeño y mis padres pusieron conexión a internet en casa, me aficioné mucho a leer foros de debate sobre tecnología. Estoy hablando allá por el año 2004-2005. En una ocasión, me registré en un foro sobre seguridad informática, que ofrecía diferentes secciones dependiendo del ámbito de aplicación. Yo acababa de entrar, y estaba deseoso de poder aprender, exponer mis dudas, e incluso dispuesto a resolver las de otros usuarios (a pesar de mi corta edad y escasos conocimientos). Abrí un hilo de debate con una duda sobre las redes inalámbricas que, por aquél entonces, comenzaban a proliferar, y la seguridad WPA frente a WEP. Uno de los usuarios, sin embargo, me bloqueó el hilo de debate y envió un aviso a mi cuenta por incumplimiento de las normas del foro. Pero bueno, ¿quién carajo se creía ese tipo?

Pues ese tipo era un moderador de sección. Veréis, en ese foro, había una suerte de pequeña jerarquía, un micro sistema de gobierno. En la cúspide, estaba el administrador del foro, probablemente propietario del foro y del hosting/dominio. Más abajo, había dos moderadores globales, que eran responsables de coordinar la moderación e impulsar la actividad en todo el sitio. Y finalmente, estaban los moderadores de sección, que velaban por el cumplimiento de las normas del foro en la sección que tuviesen asignada. El proceso de selección de esa gente era completamente discrecional. Era moderador quien decidían los moderadores globales, y, especialmente, el administrador, amo y señor del sitio. Normalmente, abrían un hilo de búsqueda de moderadores, donde se rendía una suerte de pleitesía al administrador, y se trataba de demostrar la valía del candidato en relación con su actividad y compromiso con el foro. En cualquier caso, eran usuarios normales de internet gestionando un sitio con una afluencia de más de 500 usuarios conectados simultáneamente.

Ese moderador, me había aplicado dos normas concretas que regían en la comunidad. En primer lugar, había posteado mi primera entrada sin presentarme primero, como nuevo usuario, en el foro. En segundo lugar, había hecho un uso excesivo de negritas y mayúsculas que iba en contra de las normas del foro. Además, recuerdo bien que el moderador me indicó que usar mayúsculas de esa manera era representar que les estaba gritando. ¿Pero qué decía este sujeto? Yo inmediatamente me dirigí al enlace que me indicaba el moderador. Y ante mí apareció un hilo de debate, titulado “Normas de la comunidad”, escrito por el administrador, y donde se indicaban una serie de puntos que los usuarios debían seguir. Incluso había un sistema de sanciones, una suerte de código penal casero, por el cual un número concreto de avisos podía implicar la suspensión de una cuenta (ban permanente, en la jerga). Y con ello, el fin de tu existencia en aquel sitio. Todo ello, a discrecionalidad de los moderadores y administrador, que interpretaban las faltas y su gravedad.

A partir de ese momento, y de otras experiencias que he ido teniendo, he dejado de pensar que internet es un sitio donde cada uno hace lo que le viene en gana desde la comodidad del anonimato. Para mí, en la red rige una suerte de anarquía organizada. Me explico. Cuando uno quiere dejar el rol de mero usuario pasivo, o incluso quiere leer contenido en determinados sitios, debe pagar un precio que las personas que gestionan esas comunidades han estipulado. Incluso aquel administrador, amo y señor del foro en el que yo me había registrado, pagaba ese precio. Porque él sería Dios en su sitio, pero su particular forma de tratar a ciertos usuarios le había costado, como me enteraría posteriormente, la suspensión permanente en otros lugares de la red.

Ese precio, es una suerte de contrato social, que varía dependiendo de allá donde viajas. A veces, dado por los usuarios. Otras, de forma unilateral por un webmaster. Y otras tantas, por el equipo de una empresa que entiende que para ganar dinero la polémica puede estar bien, pero hasta cierto punto. Las normas que nos damos en internet tratan de garantizar la calidad de la conversación y el respeto mutuo, a la vez que responden a las necesidades y designios de quienes mantienen los sitios. En muchos casos, esas normas pueden contravenir a las estipuladas en la legislación vigente. Y, dependiendo de dónde se ubiquen (por ejemplo, en la red tor), pueden permanecer activas, ocultas, durante mucho tiempo.

Las reglas de Twitter

Cuando leí por primera vez las Reglas de Twitter, me recordó mucho a ese hilo de debate del foro. Las reglas de Twitter, al final, son muy similares a las reglas del foro que yo frecuentaba de pequeño. Hablan de lo que puedes hacer y no hacer en el sitio. Y las ha puesto una empresa que opera en la red. Anarquía organizada. Con la que diariamente se topan los usuarios. El modelo de Twitter, como empresa privada, es el modelo heredado de lo que llevan siendo las comunidades de la red desde hace muchos años. Desde sus comienzos, diría yo. Y que, en un foro de 500 personas, no tienen el mismo impacto que en un sitio frecuentado por millones, incluidas personalidades de todo tipo.

Si Donald hubiese puesto la tercera parte de lo que ha puesto en Twitter durante todos estos cuatro años, seguramente se hubiera llevado un ban permanente en aquel foro que yo frecuentaba de pequeño. Twitter lleva suspendiendo cuentas y aplicando la discrecionalidad de las normas de la comunidad mucho tiempo. A veces, de forma muy acertada. Y otras, de una forma más tiránica. Mediante algoritmos programados por personas. O mediante personas programadas por personas. Esas normas afectan a cualquier usuario registrado, y no siempre estamos de acuerdo con su aplicación. Por poner un ejemplo cercano, a una persona a la que tengo gran aprecio la tienen frita con suspensiones en Twitter. Que, en mi opinión, y en la de otros muchos usuarios, son injustas. Mientras que, para otros, en cambio, están justificadas. Porque en la anarquía organizada que es la red hay un gran trazo de interpretabilidad en las normas de la comunidad.

En mi querido foro, había una forma de reclamar el aviso, poniéndote en contacto directo por mensaje privado con el moderador. Y si no te satisfacía su respuesta, con el moderador global. En muchas ocasiones, se producía una suerte de solución informal. En otras, primaba la palabra del moderador. La verdad es que no era un proceso muy transparente. Lo aplique un algoritmo, o una persona. Y lo mismo ocurre con Twitter, nuevamente heredando de la filosofía de internet que es tan abierta para unas cosas, pero tan cerrada para otras.

¿Somos iguales ante la red?

La gran diferencia, sin embargo, radica en que en el foro donde el moderador me marcó el aviso regía el más estricto anonimato. Nadie, ni por un casual, utilizaba su nombre real. Y, por tanto, siempre se imponía una suerte de poder informal ganado en base a tu aportación a la comunidad (y, porqué no decirlo, de cómo de cercano fueses a los administradores y moderadores). En Twitter, sin embargo, hay una mezcla de este modelo, derivado de la generalización de estas plataformas a la sociedad en general (y, por tanto, del hecho de emplear tu nombre real, y con él, todas tus atribuciones como persona física que ha vivido y tiene una historia). Aquel foro era un lugar para cuatro frikis que experimentaban en la juventud de la red, y las redes sociales hoy son prácticamente un estilo de vida frecuentado por cualquier miembro, identificado o sin identificar, de la sociedad.

Trump tiene un poder formal identificado. Pero, sin embargo, se enfrenta a las dinámicas informales de poder de la red. Lo interesante es ver cómo las normas de una comunidad, interpretadas por la tiranía benévola de los moderadores y administradores de Twitter, le aplican esta medicina a uno de los hombres más poderosos del mundo. Exactamente igual que se lleva haciendo durante tanto tiempo en tantas comunidades digitales a lo largo y ancho de internet. Con miles de usuarios reclamando, y otros tantos aplaudiendo. Nos saltan las alarmas porque es Donald Trump, presidente de EE. UU. Quitándole su poder formal, Trump sería un troll en cualquier foro. Que, sin embargo, representa, pese a quien pese, a millones de votantes cada vez que suelta algo en la red.

Así que, sinceramente, me encanta que se esté hablando de este tema. Porque cuando se habla de este tema, se habla de la anarquía organizada que es la red, y que lleva siendo más tiempo de lo que cualquier usuario quiere reconocer. Se debe hablar de que la libertad de expresión en la red depende, y mucho, de donde estés registrado. Depende, y mucho, de quién seas, y de hacia dónde vaya tu sesgo de confirmación. De en qué cámara de eco vivas. Ahí tenéis el éxodo masivo de cierto grupo de usuarios hacia Parler, que no es más que otra plataforma donde las normas se interpretan por tiranos benévolos cercanos a un sector de la sociedad. Disfrute de su ban permanente en Twitter, señor presidente.

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